Citas Bíblicas

El amor es la esencia de Dios (Mt:22:34-40)

 


"Entonces uno de los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una. Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas."
(Mt:22:34-40)

El amor es la base del cristianismo y es la esencia de Dios. Todas las enseñanzas cristianas están basadas en el amor. En este estudio vamos a analizar el pasaje que hemos citado del libro de Mateo, a fin de interiorizarnos en cuanto al amor.
Primeramente definiremos lo que es el amor, para luego tratar de aprender lo que es amar.

La Biblia dice que Dios es amor. Esto nos enseña que el amor no es solo un atributo de Dios; sino su misma esencia. Veamos:

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” (1Jn:4:7-8)

En este pasaje podemos ver que los hijos de Dios somos instruidos a amar porque nuestro Padre ama. El amor es la misma sustancia de Dios. Si nosotros tuviésemos que definir al amor diríamos que el amor es una persona. El amor es Dios.
Así pues, Dios, siendo amor, no puede dejar de amar. Y según el pasaje que acabamos de leer, amar es una condición necesaria en los hijos de Dios, pues “todo aquel que ama es nacido de Diosy “el que no ama no ha conocido a Dios”
Con estas afirmaciones empezamos a ver que para amar necesitamos “nacer de Dios”, lo cual equivale a decir que necesitamos “conocer a Dios”

Ahora bien: ¿Qué significa conocer a Dios? Conocer es tener trato con alguien, significa relacionarnos con alguien. En nuestra vida de incrédulos no teníamos trato con Dios, es decir que no estábamos relacionados con Él. Por lo tanto, no lo conocíamos. Para que esa relación tuviese lugar en nuestra vida necesitábamos que alguien nos presentara a Dios, pues hasta ahí, estábamos “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef:2:12)
Pero, ¿quién puede conocer tanto a Dios que pueda presentárnoslo, a fin de que nosotros también lo conozcamos?
En la Biblia se lee que Jesús es “el camino…nadie viene al Padre sino por mi” (Jn:14:6) Según esta afirmación, Jesús es el único que puede presentarnos al Padre porque él es el camino que conduce a Dios.
De manera que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Jesús vino al mundo para que los hombres conociésemos a Dios. Esto significa mucho más de lo que parece decir. Veamos como lo explica el apóstol Juan:

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. (Jn:1:18)

Permítame hacer una reflexión en este punto: Juan no dice que Jesús haya venido a enseñarnos lo que Dios exige del hombre; esto ya lo había manifestado Moisés, “pues la ley, por medio de Moisés fue dada” (Jn:1:17) Lo que Juan nos enseña, es que Jesús vino a darnos a conocer al Padre, para que todo aquel que quiera pueda tener una relación con él, pues, quien ha visto a Jesús ha visto a Dios.
En base a estos argumentos podemos deducir algo que la mayoría de ustedes ya sabe, esto es: Para conocer a Dios, necesitamos relacionarnos con Jesús. Y para relacionarnos con Jesús necesitamos creer en él. Al creer en Jesús, Dios nos declara hijos suyos. “…a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”(Jn:1:12-13)
Es importante destacar en este punto que aquellos que hemos creído en Jesús somos hijos de Dios por voluntad del Padre. Es decir, él decidió que fuésemos sus hijos aquellos que creyésemos en Jesús.
Ahora bien: una vez que hemos creído en Jesús, ya estamos en condiciones de relacionarnos con Dios, pues ahora le conocemos. Y si le conocemos, entonces estamos capacitados para amar.

Si esto que acabamos de manifestar le parece muy confuso, le sugiero que vuelva a leerlo pidiendo la guía del Espíritu. Porque sin una comprensión apropiada de la esencia y el origen del amor, no podrá asimilar lo que significa amar.

AMAR ES DAR:
El amor solo puede conocerse en base a las acciones que provoca. Amar no consiste en decirle a alguien que lo amamos; sino en obrar. Si decimos que amamos debemos estar dispuestos a hacer algo al respecto. Amar es dar. La acción que provoca el amor es dar.
Para comprender en que consiste esto, vamos a ver el ejemplo que nuestro Padre celestial nos ha dejado. ¿Cómo sabemos que Dios nos ama? Pues, porque ha dado a Su Hijo para que nosotros no perezcamos. El amor de Dios se ve en la dádiva de Su Hijo. Veamos como lo dice el apóstol Juan:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna." (Jn:3:16)

Hemos preguntado a cientos de personas si estaban seguros que Dios los amaba, y muchos respondieron: “Sí, porque envió a su Hijo por mí” Esa es una excelente respuesta basada en los dichos de Dios, por lo cual no puede ser refutada.
Esa es la manera en que Dios demostró su amor por nosotros, así lo dice el apóstol Juan en su primera epístola:

“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.” (1Jn:4:9)

Ahora bien: Si bien es cierto que Dios vio nuestra necesidad de salvación, ¿Por qué envió a su Hijo? ¿Nosotros lo merecíamos? ¿Habíamos hecho algo digno que mereciera semejante dádiva? Sigamos leyendo la primera epístola del apóstol Juan, para interiorizarnos:

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1Jn:4:10)

Aquí podemos ver con toda claridad que no es que nosotros hayamos amado a Dios. Dios no envió a su Hijo porque nosotros le amábamos. No es por eso que Dios envió a su Hijo. Enviar a su Hijo no fue la consecuencia de nuestro amor por él.
De manera que es evidente que no se trata de un amor basado en la complacencia. Dios no estaba contento con nosotros, al contrario, fue en propiciación por nuestros pecados. (El pecado, como se sabe, es enemistad contra Dios)
De manera que no fue a causa de lo bueno que hicimos, ni porque buscábamos y amábamos a Dios que él envió a su Hijo. Podemos leer la epístola de Romanos para comprobar esto:

“Mas Dios, muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Ro:5:8)

Así pues, llegamos a la conclusión de que amar es dar. Y, ¿Qué cosa dio nuestro Padre celestial? Él dio a su Hijo. Es decir, él dio lo más precioso que poseía: Su Hijo. Su único Hijo. No tenía muchos hijos y solo sacrificó uno de ellos. No. Nada de eso. Dios entregó a su único Hijo, por amor.

Pero, ¿Para qué lo dio? Lo dio para satisfacer una necesidad. El Padre celestial dio a su Hijo porque la humanidad estaba herida de muerte. Estaba perdida y necesitaba un Salvador.
Así llegamos pues a la conclusión de que amar es dar. Por lo tanto, quien ama, da.
Pero, ¿Qué cosa es lo que debo dar? ¿Lo que me sobra? ¿Algo que me impone alguna ley? No. Según lo que hemos podido aprender de nuestro Padre, debo estar dispuesto a dar lo que otro necesita
Pero ahora bien, ¿En base a qué debo dar? ¿En base al temor? ¿Por miedo a algún castigo? ¿En pro de una bendición? No. Debemos dar en base a la compasión.

Para comprender esto, volvamos al ejemplo de nuestro Padre celestial: Dios vio nuestra necesidad, se compadeció de nosotros, tuvo misericordia y nos dio lo que necesitábamos. Él dio a su Hijo, el Señor Jesucristo, para que tuviésemos vida, porque estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. (Ef:2:1)
Así llegamos a la conclusión de esta primera parte en donde determinamos que amar es compadecerse de las necesidades ajenas. Amar es ver una necesidad y satisfacerla.

AMAR ES PONER PRIMERO AL OTRO.
¿Merecíamos que el Señor Jesucristo entregara su vida por nosotros? No, ya vimos que no. Por lo tanto su muerte por nosotros fue a causa de la gracia de Dios. Dios nos dio su amor al darnos a su Hijo. Ese es el amor de Dios por nosotros, por el mundo, por la humanidad. Según el ejemplo que el Padre nos ha dejado, amar es dar lo que otro necesita compadeciéndose de las necesidades ajenas.
Pero para poder llevar adelante este principio es necesario no pensar en uno mismo, sino en el otro. Recordemos que el apóstol Pablo nos dijo que “el amor… no busca lo suyo” (1Co:13:5)

Para comprender esto, volvamos al ejemplo de nuestro Dios: Él no pensó en sí mismo; si hubiese pensado en sí mismo no hubiese dado a su Hijo. Dios pensó en nuestra necesidad. Así también podemos ver que el Señor Jesucristo no pensó en sí mismo, de haberlo hecho no hubiese entregado su vida por nosotros. Vamos a transcribir un párrafo del libro de Filipenses para ilustrar lo que acabamos de afirmar:
“Haya pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”(Fil:2:5-8)

Como podemos ver, Jesús no pensó en sí mismo al ver nuestra necesidad. De esto se desprende que amar es poner primero al otro.
Así pues, podemos estar seguros que Dios ama al hombre, pues ha demostrado con hechos su amor.

AMAR ES UN ACTO DE LA VOLUNTAD
Ahora bien, nosotros, como hijos de Dios, estamos capacitados para amar como lo hace nuestro Padre celestial, dando lo que otros necesitan, y compadeciéndonos de las necesidades ajenas. Pero, ¿Qué ocurre si no me “nace” dar y pensar en los demás? ¿Qué ocurre si no tengo deseos de amar?
Veamos: amar no tiene que ver con los afectos, es un acto de la voluntad. Por eso el Señor dice que es un mandamiento. Un mandamiento no es una sugerencia. Los mandamientos de Dios son para cumplirlos y necesitamos cumplirlos siempre, no solo cuando tenemos ganas. Muchas personas a quienes hemos instruido acerca del amor nos han dicho que ellas no pueden amar porque les cuesta dar y poner primero al otro. Pero la verdad es que si somos hijos de Dios estamos capacitados para amar, pues el Señor no nos va a exigir que hagamos algo que no podamos hacer. Dios puede exigirnos amar porque él ya nos ha capacitado para que podamos hacerlo. ¿Recuerda que Juan dice que el que no ama no ha conocido a Dios? Al conocer a Dios hemos sido capacitados para amar. Por eso el apóstol dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1Jn:4:19)
Si volvemos al ejemplo de amor de nuestro Padre, veremos que él vio nuestra necesidad y determinó hacer algo. De manera que amar es un acto de la voluntad. No necesitamos sentir deseos de amar para dar. No es necesario “sentir deseos de dar”; solo es necesario decidirse a hacerlo. Cada uno de nosotros debe decidirse a amar y de ese modo cumplir el mandamiento de Dios. No espere sentirse bien para hacer lo bueno, haga lo bueno y se sentirá bien.

A QUIEN DEBEMOS AMAR
Y ya que estamos hablando de mandamientos, recordemos al primero de ellos Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Debemos amar a Dios con todo nuestro ser, pero, ¿Cómo podemos aplicar los principios que hemos aprendido para cumplir con este mandamiento? Veamos:
Dijimos que amar es dar y poner primero al otro. Pero, ¿qué necesita Dios de mí? Cada vez que leemos acerca del amor a Dios notamos que está relacionado con la obediencia. “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos…” (1Jn:5:3) “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn:14:15)
Uno podría llegar a pensar que amar a Dios significa cumplir sus mandamientos, pero si bien es cierto que esto es parte del amor que le brindamos, hay que reconocer que eso no es todo lo que dicen los versículos que hemos antepuesto.
La Biblia dice que debemos “guardar” sus mandamientos. ¿Qué significa “guardar”? Guardar, es cumplir con lo que uno debe hacer. Pero además, es resguardar del enemigo. En el libro de Filipenses leemos que “…la paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos…” (Fil:4:7) Al decir que “guardará” nuestros corazones y nuestros pensamientos, significa que Dios se compromete a resguardarlos del enemigo.
Así también, cuando leemos que debemos guardar los mandamientos de Dios, significa que debemos resguardarlos, de manera que el enemigo no los tergiverse, no los aparte de nuestra mente y de nuestro corazón, pues si eso ocurre, estaremos errando en nuestra obediencia a Dios y también es posible que hagamos errar a otros.
Si no resguardamos los mandamientos de Dios, es posible que un día terminemos llamando a lo malo bueno y a lo dulce amargo; y esto nos lleve a equivocarnos respecto a lo que Dios dice, como ya le ha ocurrido a tanta gente.
Pero ahora bien, hemos dicho que amar es dar. ¿Qué doy a Dios? Obediencia, guardando sus mandamientos. Pero nunca podré darle obediencia si antes no lo pongo a él primero en mi vida. Y nunca lo pondré primero en mi vida si no me decido a hacerlo.
De manera que, es de este modo que cumplimos el gran mandamiento que Dios nos ha dejado: decidiendo ponerlo primero en nuestra vida a fin de guardar sus mandamientos.

Dejemos por un momento el primer mandamiento y pasemos al segundo: “…el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” El Señor dice que el segundo mandamiento es semejante al primero, es decir, es tan importante como aquel, porque implica obedecer los mandamientos de Dios. De esto se desprende que quien ama a su prójimo ha cumplido la ley. (Ro:13:9)

Es interesante notar que la pregunta del fariseo solo apuntaba al primer mandamiento; sin embargo, el Señor enuncia el segundo, sin el cual el primero no tiene efecto. Pues no se puede cumplir con uno de los mandamientos ignorando el otro, y viceversa. ¿Por qué? Porque “de estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas." (Mt:22:40)
Otros pasajes de la Escritura que podemos ver son los siguientes: (Ro:13:8-10; Gá:5:14) “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
Esto es algo inalterable; por eso decimos que el amor es la base del cristianismo

Ahora bien: Hemos dicho que Dios nos capacitó para amar como él lo hace. De manera que podemos empezar a amar en cuanto nos decidamos a hacerlo. Usted y yo podemos empezar a amar a Dios y al prójimo ahora mismo. Pero si bien es cierto que estamos capacitados para amar, esto no significa que podamos hacerlo. Primeramente necesitamos aprender a amar; pues aunque tenemos las herramientas necesarias y sabemos cómo hacerlo, todavía no hemos practicado. Por lo tanto, no sabemos como nos saldrá esto de amar.
Permítame darle un ejemplo que ilustre lo que acabamos de decir:
Todos hemos sido niños y casi todos hemos aprendido a andar en bicicleta cuando éramos niños. Casi todos los que hemos aprendido recordamos ese momento; estábamos capacitados para aprender, éramos niños sanos con todo lo necesario e indispensable para poder andar en bicicleta, estábamos en una edad adecuada para ello. Pero aunque se nos instruyó al respecto y aunque queríamos aprender a andar, el temor de caernos estaba latente casi todo el tiempo de la instrucción. Así pues, comenzamos a practicar y comenzamos a caernos. Una y otra vez intentábamos y una y otra vez fallábamos. Pero ante tanta insistencia llegó el momento en el cual logramos mantener el equilibrio y de ahí en más fuimos perfeccionándonos, andando cada vez mejor y hasta hacíamos piruetas sobre la bicicleta divirtiéndonos en ella.
Al principio solo estábamos capacitados, es decir, estábamos en una edad adecuada, en condiciones físicas y conocíamos la teoría; solo nos faltaba practicar y lo logramos.
Así es con el amor. Estamos capacitados para amar, pero necesitamos aprender a hacerlo. ¿Cómo se aprende? Practicando. Una vez que aprendemos la teoría solo nos resta practicar, y cuando hayamos aprendido, podremos experimentar lo divertido y satisfactorio que es.
¿Cómo se practica? Vamos a ver las instrucciones que nos dejó el Señor:

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, porque esto es la ley y los profetas.” (Mt:7:12)

Al parecer, las instrucciones son hacer con el prójimo lo que querríamos que los otros hiciesen con nosotros. Pero quizás no esté claro que es aquello que queremos que los demás hagan con nosotros; de manera que vamos a ir en busca de más instrucciones:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen. Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mt:5:43-45)

Estas palabras del Señor nos enseñan que debemos ser como nuestro Padre celestial. Un buen hijo hace lo que hace su padre. Aquí es importante señalar que una de las bienaventuranzas dice: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mt:5:9) ¿Sabía usted que la palabra "bienaventurado" da idea de alguien que no tiene necesidad de nada, pues todo lo posee?

Justo es reconocer que es difícil amar al prójimo pues no se lo merece. Es verdad, pero, ámelo igual. Un hijo de Dios es benigno aun “para con los ingratos y malos” (Lc:6:35)
Sigamos leyendo las instrucciones del Señor:

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt:5:46=48)

Aquí cabe acotar que ser perfecto en el sentido en que se está refiriendo el Señor, es caber justo en la necesidad de otro. ¿Sabía usted que menospreciar al prójimo es carecer de entendimiento? (Pr:11:12) Por eso es que debemos tener en cuenta a todos aquellos que están en relación con nosotros.

UN MANDAMIENTO NUEVO
Hemos dicho que amar es dar, y además, es poner primero al otro. También hemos podido comprobar que amar es un acto de la voluntad. Hemos visto, además, que debemos amar a Dios y al prójimo. Pero el Señor nos dejó aun un nuevo mandamiento:

“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros, como yo os he amado…” (Jn:13:34)

Según este nuevo mandamiento, los discípulos de Cristo debemos amarnos unos a otros. ¿Para qué?

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Jn:13:35)

El amor que tenemos los unos con los otros es la señal que damos al mundo de que somos discípulos de Cristo. Pero ahora bien, ¿Cómo manifiesto amor por mis hermanos? El Señor dice que debemos amarnos como él nos amó:

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.” (Jn:15:12)

Esto es muy interesante, pero, ¿Cómo nos amó el Señor? ¿Cómo demostró su amor por nosotros? Sigamos leyendo:

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Jn:15:13)

¿Cuánto cuesta amar? Al Señor le costó la vida. ¿Cuánto le costará a usted? ¿Cuánto me costará a mí? Nos costará la vida.
Así como el Señor voluntariamente puso su vida por nosotros; así también nosotros podemos voluntariamente obedecer el mandamiento de Dios y comenzar a amar.

-Primeramente debemos amar a Dios.
¿Cómo debemos amar a Dios? Con todo nuestro ser “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”

-También debemos amar al prójimo. ¿Cómo debemos amar a los demás? “Como a ti mismo” Es decir, lo que quieras que los hombres hagan por ti, eso haz tú por ellos. Compadécete del prójimo y dale el abrigo y el alimento que necesita.

-Por último debemos amar a los hermanos para que el mundo sepa que somos discípulos de Cristo. ¿Cómo debemos amarnos unos a otros? Como Cristo nos amó a nosotros

“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” (1Jn:4:11)

El apóstol Pablo también nos enseña acerca de este tema en el libro de Efesios:

“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.” (Ef:4:31-5:2)

En las palabras del apóstol podemos encontrar que la clave para andar en amor e imitar a Dios en ello, es entregarnos a nosotros mismo, esa es una ofrenda que agrada a Dios. En cada uno de nosotros está la decisión de entregarnos a Dios en forma total, poniéndolo a él primero en nuestras vidas para que guíe nuestros pasos y nos enseñe a amar.

Ahora bien, no es mi intención agregar a su vida una pesada carga que no pueda sobrellevar. Ninguno de nosotros podría por sí solo amar de esta manera; pero debido a que estamos en Cristo y permanecemos en él, esto puede ser posible. (Jn:15:4-5)

 

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